¿Amor romántico o machismo? Jóvenes y control de la pareja

Nuria Alabao
Nuria Alabao

Por Nuria Alabao

Periodista y doctora en Antropología Social. Investigadora especializada en el tratamiento de las cuestiones de género en las nuevas extremas derechas.

Pese a que las relaciones reales son más fluidas, los productos culturales refuerzan la adhesión simbólica a ideales románticos. La idea de la pareja como un asidero frente a la indeterminación de la vida contemporánea no ha desaparecido

Fotograma de la película 'Tres metros sobre el cielo'. Fernando González Molina, 2010.
Fotograma de la película ‘Tres metros sobre el cielo’. Fernando González Molina, 2010.

En artículos anteriores hemos analizado con detalle la relación entre jóvenes y antifeminismo, un vínculo que funciona como puerta de entrada al voto ultra. Las inquietudes que generan las transformaciones en los roles o los modos de relación entre hombres y mujeres y los malestares de orden económico –la certeza de que “no viviremos como nuestros padres”– se pueden transformar en reacción antifeminista o incluso misógina. Una vez se configura este imaginario, los partidos de derecha radical, e incluso ideologías más extremas, encuentran el terreno abonado para canalizar esas frustraciones y convertirlas en apoyo a sus proyectos políticos.

Gente caminando por la calle en Seúl, Corea del Sur.
Gente caminando por la calle en Seúl, Corea del Sur.

Pero esto solo afecta a un sector de los jóvenes, por lo que hay que evitar la tentación de culpabilizar a una generación entera del ascenso de la extrema derecha. En realidad, estos jóvenes se han criado en un mundo donde existe más igualdad real entre hombres y mujeres que en generaciones anteriores, y eso se nota. Algunos profesores relatan que, cuando hay que ocuparse de tareas como barrer y ordenar el aula en actividades escolares, estos jóvenes lo hacen sin darle mucha importancia ni esperar aplausos. A esto hay que añadir que, si bien expresan más ideas antifeministas, son también más seculares y más progresistas en valores y se muestran más abiertos respecto de la vivencia de su propia sexualidad que en cualquier otro segmento de edad. Digamos que como generación son más progresistas aunque un segmento de ellos se radicaliza hacia el conservadurismo. Al menos de tipo ideológico. De manera que una pregunta fundamental es si una parte de los jóvenes asume estas ideas antifeministas como una posición identitaria de tipo reactivo o ideológico, ¿son realmente más machistas en sus relaciones cotidianas? ¿Y qué tiene que ver esto con la idea de amor romántico?

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La evidencia que se suele esgrimir para afirmar que sí hay tendencias más sexistas en los jóvenes tienen que ver con las opiniones que expresan respecto del control de sus parejas –algo que puede entenderse como un indicio de violencia–. Por ejemplo, según datos del Barómetro FAD 2025, el 31 % del total de los jóvenes de ambos sexos entre 15 y 29 años cree que debe saber dónde está su pareja –10 puntos más que los mayores de esa edad–. Aunque las chicas se oponen de forma más firme a esa idea que los chicos, ya que el 39 % se muestra en desacuerdo, frente al 25,7 % de los chicos.

Respecto de la idea de la localización permanente, hay que señalar que esta es la primera generación que ha crecido bajo un control parental exhaustivo mediado por la tecnología. Dispositivos de rastreo en mochilas o muñecas, móviles que envían la localización o llamadas en cualquier momento para saber qué hacen los hijos; a medida que se han desarrollado los aparatos que lo permiten y la crianza se ha vuelto más intensiva y más ansiosa, ese control se ha instalado en el sentido común de los padres. El principal argumento para darle un móvil a un niño de diez años es, precisamente, poder saber dónde está en todo momento. Además, estos dispositivos no parecen apoyar una mayor autonomía de las infancias sino más bien todo lo contrario: por ejemplo, en toda Europa van cada vez más tarde solos al colegio. De manera que se ha normalizado un cierto control sobre los seres queridos –la idea de que saber dónde están forma parte del afecto– antes de que estos jóvenes empiecen sus primeras relaciones. Esto podría contribuir en parte a explicar el porqué de estos datos. 

El amor romántico como marco

Pero esto en cualquier caso no explicaría que esa lógica del seguimiento como cuidado la interioricen más los chicos que las chicas, y que sean ellas, precisamente, quienes más la padecen. Las cifras del FAD también evidencian que los chicos de esa misma edad se muestran más favorables al control de sus parejas que las chicas. En todas las preguntas que podrían vincularse a una normalización de la violencia y el control en pareja los varones superan a las mujeres entre 6 y 15 puntos. Existe una brecha de hasta 20 puntos en algunos indicadores de control.

Por su parte, las chicas son también quienes más sufren estas actitudes. Por ejemplo, el 32 % de ellas afirma que su pareja se molestó por no contestar de inmediato a mensajes o llamadas, frente al 17,5 % de los varones; el 27 % indica que le han revisado el móvil sin permiso, un porcentaje que entre ellos baja al 17 %. El dominio parece que se infiltra como parte del ideal de la pareja en una parte de los chicos, aunque no sea, ni mucho menos, mayoritario, sí que son cifras algo más altas que las que se encuentran en los mayores de esa edad.

Algunas de estas actitudes podrían relacionarse con las concepciones del amor romántico que todavía inundan los productos culturales –en la música, en el cine y las series– y los entornos de estos jóvenes. Aunque muchos dicen no querer tener hijos, cerca de la mitad de jóvenes se muestra de acuerdo con postulados ligados al amor romántico, y no se han observado diferencias significativas por género. Por ejemplo, tanto ellos como ellas muestran apoyos similares a las afirmaciones de que “el amor implica la entrega absoluta” y “la pareja es un proyecto para toda la vida” –ambas en torno al 50%–. Y lo más significativo aquí es que la adhesión a estos postulados va aumentando en los jóvenes pese a la fuerza del feminismo y a los cambios sociales como la mayor visibilidad de las no monogamias y otras formas de relacionarse. Desde el 2017 el aumento ha sido de 20 puntos porcentuales aproximadamente.

El feminismo ha hecho mucho trabajo para desmontar estos ideales románticos porque es el envoltorio que posibilita no solo que parezca legítimo abusar, sino también quedarse en relaciones abusivas. Durante décadas, la entrega incondicional y el ideal de pareja monógama y para toda la vida fueron parte de un horizonte que nació asociado a la cultural burguesa –en términos materiales y culturales– y que luego se extendió a las clases populares. Precisamente, este modelo que se consolidó en el siglo XIX, no solo situó el amor como fundamento moral del matrimonio, sino que también redefinió la familia como un espacio privado y emocional atravesado por la división de roles de género. En ese marco, la intensidad afectiva y la centralidad de la pareja acabaron legitimando formas de dependencia y facilitando que el control y la violencia se perciban como expresiones del vínculo amoroso. Hoy parece un ideal que, aunque ha mutado considerablemente, sigue vivo.

Que se sostenga depende en buena medida de las producciones culturales que encuentran en esa temática un nuevo “universal” que, junto con la familia, pueda vender las producciones culturales estadounidenses en todo el planeta. Eva Illouz señaló hace décadas que la cultura mediática amplifica representaciones de amor totalizante, y eso ha cambiado de manera solo relativa. Hoy hay más diversidad en las narrativas emocionales, pero el contenido de las redes sociales, las letras de las canciones o las series todavía configuran un ecosistema que refuerza la adhesión simbólica a ideales románticos incluso cuando las prácticas reales son más fluidas. Se han derribado muchas barreras, pero la idea de la pareja como un asidero frente al miedo o a la indeterminación de la vida contemporánea podría incluso estar reforzándose. La generación que más usa ese ecosistema, los más jóvenes, es también la que más declara creer en el amor absoluto respecto a cohortes más mayores. 

Sin embargo, hay que seguir huyendo de la lectura catastrofista. Por un lado, porque estas jóvenes, se declaren o no feministas, han sido atravesadas por las conquistas de un movimiento social que ha conseguido sus mayores victorias en la transformación cultural. Muchas de ellas van a ser menos tolerantes con estas actitudes de control. Pero también porque las condiciones materiales empiezan a ser muy favorables. Los datos más recientes ya indican que, en varios países, las jóvenes tienen menos desempleo e incluso salarios más altos. Según un informe del Injuve, hoy, el 56,3 % de las mujeres jóvenes emancipadas dice aportar más ingresos al hogar que sus parejas, y el cambio ha sido muy rápido, en 2008 era un 30 %. Es evidente que, más allá de la cuestión cultural, cuando la dependencia material se desliga de la pareja es más fácil escapar de relaciones de maltrato.

Además, los datos son algo ambivalentes: esos mismos jóvenes que puntúan más alto en indicadores de control son también los que más defienden la comunicación abierta y sincera como base de una relación sana –el 82 %–, la igualdad de derechos y responsabilidades en la pareja –77 %– y el respeto sobre el espacio individual –72 %–. En el Barómetro de 2023, el informe advertía contra una lectura simplista y señalaba que “esto no basta para afirmar categóricamente que la juventud española es cada vez más reaccionaria ni que la violencia de género en la juventud se ha disparado”. Lo que sucede es que nos encontramos en un momento muy ambivalente con una fuerte reacción que es muy visible y que cuenta con espacios que, aunque no sean mayoritarios, están muy movilizados. Aunque puede parecer nueva, lleva organizándose desde los años setenta del pasado siglo como respuesta a los movimientos sesentayochistas, entre ellas el feminismo. Pero recordemos que lo hizo porque las luchas por la libertad de las mujeres y de las personas LGBTIQ+ estaban configurando un nuevo sentido común. Pese al aparente empuje de las ideas antifeministas y reaccionarias, ese nuevo sentido común igualitarista no solo triunfó sino que, de una manera sustantiva, no tiene marcha atrás. Lo indican los propios datos. En los estudios los jóvenes que rechazan el feminismo como etiqueta defienden mayoritariamente la igualdad entre géneros como un valor compartido. Las conquistas culturales del feminismo han permeado tan profundamente los consensos básicos que hoy se sostienen incluso entre quienes no se reconocen en el movimiento que las hizo posibles.


Fuente: Ctxt

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