El encuentro entre Putin y Xi subraya el desplazamiento del centro de gravedad hacia Asia

Àngel Ferrero
Àngel Ferrero

Por Àngel Ferrero

Periodista. En Moscú después de tres años informando desde Berlín para varios medios.

En menos de siete días el presidente de China, Xi Jinping, ha recibido a su homólogo estadounidense, y después a Vladímir Putin. El segundo sale reforzado, Trump reduce tensiones y la pregunta que queda es ¿cuál es el lugar de la UE?

En el espacio de una semana ha tenido lugar uno de esos episodios que confirman el desplazamiento del centro de gravedad hacia Asia. En menos de siete días el presidente de China, Xi Jinping, ha recibido a su homólogo estadounidense, Donald Trump, y después ruso, Vladímir Putin.

Recepción de Putin y Xi Jinping.
Recepción de Putin y Xi Jinping.

Como ha escrito el medio chino The Global Times, esta “sucesión de visitas en tan poco tiempo ha suscitado un gran interés, y los analistas señalan que, en la era posterior a la guerra fría, es extremadamente raro que un país reciba a los líderes de Estados Unidos y Rusia de forma consecutiva en el plazo de una semana”. Si se retrocede hasta el mes de diciembre, China también ha acogido visitas a nivel de estado de Francia y Reino Unido, que es tanto como decir de todos los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU.

El orden de los factores aquí sí que importa, porque la visita de Putin de alguna manera empequeñece la de Trump. El presidente estadounidense –que llegó acompañado de una delegación de 18 directivos de empresas aeronáuticas y tecnológicas así como de la banca y las finanzas– se desplazó hasta Beijing para intentar reducir tensiones y conseguir que la diplomacia china ayude a Washington a salir del atolladero en el que se ha convertido la guerra en Irán, pero sobre todo para hacer negocios, marchándose, entre otros, con un acuerdo para la venta de 200 aviones de Boeing.

Metro en Teherán, antes de la guerra.
Metro en Teherán, antes de la guerra.

Putin llegó en cambio para algo más profundo y estratégico: reafirmar sus lazos con el gigante asiático con la firma de un acuerdo para estrechar sus relaciones.

Energía y política exterior

Como han señalado los medios de comunicación durante los días previos a la visita del presidente ruso, las relaciones entre ambos países no han hecho más que intensificarse en las últimas dos décadas. Putin ha visitado en 25 ocasiones China en 26 años. Este año se cumplen también 25 años de la creación de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), de la que Rusia forma parte. El comercio bilateral no ha parado de crecer desde 2022 y China compra ya más de una cuarta parte de las exportaciones de su vecino. Más de la mitad de los automóviles comprados en Rusia son de marcas chinas.

Como ilustraba un reportaje del periódico británico The Guardian, las ciudades fronterizas se han visto en buena medida beneficiadas por la situación presente, ya sea actuando como hub de productos que Rusia no puede importar directamente por las sanciones occidentales o recibiendo a turistas rusos. De acuerdo con Bloomberg, el 90% de la tecnología sancionada en Rusia se importa desde China.

Una mujer china y una niña en un centro comercial que vende productos rusos en Suifenhe, China.
Una mujer china y una niña en un centro comercial que vende productos rusos en Suifenhe, China.

La energía ocupa un lugar destacado en todas las crónicas. La adquisición de crudo ha permitido a Rusia compensar las pérdidas ocasionadas por las sanciones occidentales –de acuerdo con el Centre for Research on Energy and Clean Air, la cifra asciende a más de 316 mil millones de dólares en combustibles fósiles desde el año 2022–, primero, y a China apuntalar su seguridad energética tras el bloqueo del estrecho de Ormuz, después. Rusia suministra desde 2019 a China gas natural a través del gasoducto ‘Poder de Siberia’ (Sila Sibiri). En este viaje se ha puesto sobre la mesa la posibilidad de ampliar el suministro en unos 50 mil millones de metros cúbicos de gas natural a través de un segundo gasoducto que atravesaría Mongolia y que, como informa el South China Morning Post,sería una vez más mutuamente beneficioso para ambas partes: para Moscú porque permitiría reemplazar a los mercados europeos mientras que a Beijing le serviría para reducir la importación de energía por vía marítima.

“Las relaciones entre China y Rusia han entrado en una nueva etapa caracterizada por mayores logros y un desarrollo más rápido”, declaró Xi en su reunión con la delegación rusa. “Se trata de una decisión estratégica tomada por el presidente Putin y por mí para promover con firmeza el desarrollo a largo plazo, saludable, estable y de alta calidad de las relaciones entre China y Rusia”, continuó, “teniendo en cuenta los intereses fundamentales de ambos países y la tendencia general del desarrollo mundial”. El presidente chino añadió que ambos países se oponían “al matonismo unilateral”. Putin replicó a su turno que “nuestra cooperación en materia de política exterior es uno de los principales factores de estabilidad en el escenario internacional”.

La declaración conjunta firmada por Putin y Xi recoge la interpretación del Kremlin sobre las causas en última instancia de la guerra en Ucrania: la expansión oriental de la OTAN y la exclusión de Rusia de los acuerdos de seguridad continentales. En los momentos previos y posteriores al encuentro se ha especulado con la posibilidad de que el gobierno chino medie un alto el fuego entre Rusia y Ucrania, acoja un encuentro entre EEUU y Rusia en la próxima cumbre del foro multilateral de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) en Shenzhen o incluso que busque asistencia rusa en un eventual ataque a Taiwan.

En esta relación hay, por supuesto, problemas e inconvenientes. Como señaló Alexander Gabuev, director del Carnegie Russia Eurasia Center, al diario The Guardian en el reportaje antes citado, “la dependencia es mutua, pero asimétrica”, siendo la situación de la base industrial rusa respecto a la china —con el riesgo de una mayor erosión y dependencia de la primera hacia la segunda— uno de los aspectos más mencionados en los artículos publicados estos días por la prensa internacional. Otros comentaristas han apuntado a viejas pulsiones sinófobas entre la población y entre la élite rusa, que no querría ser vista como el hermano o el socio menor de esta relación, sin que estas tendencias, al menos en apariencia, dejen de ser por ahora marginales y limitadas a los círculos más nacionalistas.

Si EEUU pretendía librar otra guerra fría, esta vez con China, en esta ocasión la está perdiendo, opinaba en marzo Michael Lind. “La razón es simple”, explicaba este periodista, “el objetivo estratégico de Estados Unidos –la hegemonía militar perpetua estadounidense en Asia oriental, Europa y Oriente Medio– resulta demasiado costoso de alcanzar”, mientras que, “por el contrario, el objetivo que comparten China y Rusia –un mundo multipolar con esferas de influencia de las grandes potencias– no solo es posible, sino que probablemente sea inevitable”. Para Lind, “el dragón chino y el oso ruso pueden esperar pacientemente a que el Tío Sam se agote por su expansión más allá de sus capacidades y luego se vaya a casa, tal y como hizo cuando abandonó Vietnam, Iraq y Afganistán”, de tal manera que “es probable que el principal beneficiario de la sobreexpansión militar de EEUU sea su mayor rival: Pekín”.

Antes, aquí, había laureles

“¿Dónde está Europa?” es, significativamente, la pregunta que casi nadie se ha hecho. El ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Jean-Noël Barrot, intentaba el pasado viernes llamar la atención desde la red social de Elon Musk diciendo que EEUU y China iban a morir uno en brazos del otro para dejar paso a una Unión Europea resurgente. “Xi Jinping y Donald Trump invocan la ‘trampa de Tucídides’”, escribió en redes sociales, “recordemos cómo terminaba la historia: mientras Atenas y Esparta se agotaban en la Guerra del Peloponeso, un tercer actor emergió: Macedonia se rearmaba en los frentes militar, económico y financiero, y, al final, fue la que triunfó. ¿Quién sería ese tercer actor hoy? Sería Europa, si tenemos el coraje y la voluntad. Eso es lo que defendemos”.

Dos días después, la Alta Representante de la Unión para Política Exterior y Seguridad, Kaja Kallas, comparaba a China con un cáncer, contra el cual la Unión Europea puede aumentarse la dosis de “morfina” o comenzar una “quimioterapia”. Después de declaraciones como éstas –que en el caso de la jefa de la diplomacia europea se producen paradójicamente con una pasmosa regularidad– los medios de comunicación establecidos han de hacer grandes esfuerzos para fingir sorpresa cuando Moscú o Beijing rechazan a Kallas como intermediaria en cualquier proceso de mediación. España se encuentra entre los países europeos que se ha desmarcado de esta línea y ha apostado por un tono conciliador.

Aunque a la Unión Europea le urge alcanzar, como ha observado recientemente el analista alemán Wolfgang Münchau, “un acuerdo de inversiones con China para, en parte, corregir los crecientes desequilibrios bilaterales”, a finales de abril fuimos testigos de cómo Elina Valtonen, la ministra de Asuntos Exteriores del gobierno conservador de Finlandia –que lidera la lista de países europeos con más desempleo y tiene unas bajas expectativas de crecimiento–, amenazó con vetar un acuerdo de estas características alegando el apoyo de Beijing a Rusia en la guerra en Ucrania.

Cuando Alemania vendía con éxito sus automóviles a China se debía a la calidad de éstos, cuando China vende con éxito sus automóviles a Alemania se debe a la competencia desleal, ironizaba Münchau. Los diplomáticos europeos duermen en verdad sobre un lecho de laureles podridos. La peor parte será cuando será cuando despierten de su sueño, se levanten y se vayan, dejándonos al resto con la miasma. El martes la copresidenta de Alternativa para Alemania (AfD), Alice Weidel, defendía frente al enroque de Bruselas en rueda de prensa el mantenimiento y la mejora de las buenas relaciones con Rusia y China. En ausencia de alternativas, y con la economía alemana atravesando una seria crisis de modelo, la fórmula parece estar funcionándole a la ultraderecha alemana, que en las dos últimas encuestas de intención de voto (Forsa e INSA) ya es primera fuerza, con entre un 28% y un 29%.

Fuente: El Salto

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