Emmanuel Todd: “En Francia y Europa los problemas son los mismos: juventud maltratada y élites irresponsables”

Rafael Karoubi
Rafael Karoubi

Por Rafael Karoubi

Politólogo, analista político y periodista francés de origen español.

Emmanuel Todd, historiador, demógrafo, sociólogo y politólogo francés.
Emmanuel Todd, historiador, demógrafo, sociólogo y politólogo francés.

El antropólogo e historiador Emmanuel Todd, autor de ensayos de referencia como ‘La invención de Europa’ (1990) analiza las últimas protestas protagonizadas por la juventud de su país, Francia.

La invención de Europa.
La invención de Europa.

En su último libro “La Dislocación” (La dislocation, no traducido al castellano, que presenta tal vez como “su libro testamento”, el famoso antropólogo francés Emmanuel Todd (Saint-Germain-en-Laye, 1951) destaca la aceleración de la descomposición de las sociedades occidentales, incapaces, según él, de encontrar los recursos morales para afrontar sus problemas de empobrecimiento y de envejecimiento. Afirma que los recientes acontecimientos en Francia y en Europa confirman su tesis.

La dislocation.
La dislocation.

¿Qué le inspiran las escenas de revuelta en Francia?

Esta situación me resulta personalmente dolorosa, como francés apegado a mi país. Pero me esfuerzo por observar con frialdad y racionalidad, a la manera de un investigador weberiano. En cierto modo, estamos asistiendo a una forma de desintegración de la sociedad francesa. Ya había descrito este proceso en La Dislocación, en el que dediqué un capítulo específico a la situación francesa, titulado “Francia: ¿la caída final?”.

¿Cuál es la naturaleza de esta desintegración?

Se debe, ante todo, y esto es innegable, a la transformación de la democracia en gerontocracia. Francia es el país de Europa donde los jóvenes sufren más restricciones. El profundo malestar de la juventud no se manifiesta únicamente en las estadísticas económicas, en particular la tasa de desempleo, sino también en los datos demográficos. La mortalidad infantil se encuentra entre las más elevadas de Europa, tras años de aumento constante. Detrás de estas cifras dramáticas aparecen las difíciles condiciones de vida de los padres jóvenes. Paralelamente, Francia es uno de los países donde la esperanza de vida en buena salud a los 60 años es la más elevada. La injusticia generacional se manifiesta allí de forma flagrante. Hay que comprender de dónde empezó este movimiento: de los institutos de los suburbios, donde la población de origen inmigrante es numerosa y la juventud está especialmente despreciada. Algunos jóvenes empezaron a bloquear sus centros educativos porque los profesores ausentes no eran sustituidos, en un contexto en el que la movilidad social se deteriora y la escuela aparece cada vez más como el único medio para escapar de su propia condición social. Mientras tanto, el debate político francés está atrapado en temas como la seguridad y las pensiones. Es para llorar.

Lo que se pone de manifiesto es que el sistema político juega estructuralmente en contra de la juventud. El sufragio universal ya no logra arbitrar los conflictos que atraviesan la sociedad, en la medida en que los jubilados ocupan un lugar preponderante dentro del cuerpo electoral. Los mecanismos democráticos se vuelven así estructuralmente conservadores. Como demócrata convencido, estoy absolutamente horrorizado por esta conclusión. Sin embargo, el envejecimiento de la población hace que, por primera vez, sea válido un argumento contra el sufragio universal. Es espantoso.

El Gobierno francés quiere reafirmar una forma de “orden republicano” para poner fin a la movilización, jugando con el miedo a los saqueos. ¿Ve en ello un giro autoritario?

Sinceramente, las escenas de saqueo me resultan bastante dolorosas. Es lógico que una parte de la población se incline hacia el partido del orden después de haber sido testigo de los estragos en los centros urbanos. Pero este supuesto orden republicano no es hoy más que un espejismo. ¿Por qué? Porque no hace sino perpetuar un sistema que garantiza la reproducción conservadora de las instituciones mediante el voto de las personas mayores y, por tanto, el mantenimiento de las desigualdades actuales.

En un contexto en el que los jubilados constituyen una parte preponderante del cuerpo electoral, los mecanismos de mediación entre el Estado y el resto de la sociedad ya no funcionan correctamente. Por tanto, el aplastamiento de los ingresos de los jóvenes no va a parar.

En realidad, los manifestantes que salen pacíficamente a la calle, de acuerdo con las tradiciones políticas francesas de la segunda mitad del siglo XX, saben muy bien que están emprendiendo algo que no sirve de nada. A mi juicio, en la medida en que son conscientes del bloqueo del sistema, algunos manifestantes acaban por no condenar con tanta severidad a quienes provocan destrozos e incluso a veces llegan a unirse a ellos.

Por consiguiente, esta supuesta reafirmación del orden republicano va a provocar mecánicamente la perpetuación de un desorden permanente.

En cuanto a los saqueos, me inspiran otra reflexión: la de un debilitamiento de los valores morales. Pero cuando la propia clase dirigente se comporta de manera profundamente inmoral, después de haber destrozado la economía y la sociedad francesas durante décadas, al tiempo que se desinteresa de los problemas reales del país, ¿cómo sorprenderse de que esta inmoralidad se extienda al resto de la sociedad?

¿Cuáles son los factores que impulsan la crisis específica que afecta a Francia?

Es cierto que esta revueta se esperaba desde hacía muchos meses, teniendo en cuenta el rápido deterioro de la situación económica del país. Se esperaba un regreso de los Chalecos Amarillos que incendiaron las calles de Francia en el 2018; finalmente hemos asistido a un alzamiento de la juventud.

Una mujer se manifiesta cerca de la Plaza de la Bastilla. Escrito en su chaleco. 'No abandonaremos'. Teresa Suárez Zapater.
Una mujer se manifiesta cerca de la Plaza de la Bastilla. Escrito en su chaleco. ‘No abandonaremos’. Teresa Suárez Zapater.

Francia se dirige hacia la quiebra porque su integración en la zona euro la ha llevado a una dependencia excesiva de los mercados financieros, que ahora acaban estrangulándola al aumentar los tipos de interés. En la medida en que el euro y la financiarización han contribuido a destruir el aparato productivo francés, Francia no ha tenido otra opción que recurrir al endeudamiento para financiar su modelo social y sostener su economía.

Evidentemente, la crisis de la sociedad francesa recuerda a la de otros países europeos. En todo el Viejo Continente, los problemas son los mismos: envejecimiento de la población, juventud maltratada y élites irresponsables. No obstante, creo que existe una particularidad francesa: un desapego especial de las clases dirigentes respecto de la población, cuyas raíces son más profundas.

Para un francés, el orgullo de pertenecer a su país suele estar vinculado a una gran historia de poder. Pensemos en Napoleón, en la proyección internacional de la Revolución francesa y en la influencia histórica de Francia, de su filosofía y de su cultura, en el mundo. La pérdida de poder de Francia seguramente es vivida de forma muy dolorosa e inconsciente por las “élites” francesas, que se encuentran incapaces de amar a su país tal como existe hoy y, por consiguiente, de proponer otro proyecto que no sea una austeridad punitiva de por vida.

Italia, España, Bélgica: el movimiento se extiende a toda Europa. ¿Estamos en los albores de una gran crisis económica y política europea?

Los disturbios que se han producido en Italia y Bélgica, así como las ocupaciones de plazas en Portugal y España, nos recuerdan que los mecanismos de injusticia generacional que operan en Francia existen en toda Europa. Tiendo a ver en ello una forma de “otoño de los pueblos” en referencia a la “primavera de los pueblos” de 1848, que partiría de Francia para extenderse al resto del continente, pero en un contexto no de progreso, sino de desintegración. 

Se conocen los problemas relacionados con la opresión de la juventud en un contexto de grave crisis demográfica, así como los efectos devastadores de los mecanismos ultraliberales y del libre comercio. Sin embargo, las sociedades europeas parecen incapaces de producir otra cosa que divisiones internas.

Las raíces del mal son más profundas que una crisis del capitalismo. En realidad, la atomización social de Europa, combinada con los mecanismos gerontocráticos, impide a las sociedades hacer frente a sus problemas. En mi libro anterior, La derrota de Occidente (Akal, 2024), detecté un “estado cero de la religión de las ideologías” para caracterizar a unas sociedades europeas que describo como sumidas en un vacío metafísico, una ausencia de valores que las vuelve incapaces incluso de organizarse colectivamente para evitar la desintegración de sus naciones, por ejemplo, emprendiendo grandes proyectos colectivos de reindustrialización. Actualmente no existe ninguna organización política lo bastante poderosa para abordar estos problemas… La hora es más bien la de la “deificación del vacío”, lo que yo llamo nihilismo.

Más allá de este sombrío diagnóstico, deseo alertar a los defensores acérrimos de la Unión Europea sobre el riesgo real de su desintegración. En efecto, los problemas de Francia en los mercados financieros y el aumento de las divergencias de los tipos de interés con respecto a Alemania socavan el proyecto europeo en su corazón. Como partidario de la paz y del entendimiento entre las naciones, considero que ha llegado el momento de que los gobiernos europeos se pongan amistosamente de acuerdo para iniciar el desmantelamiento de la zona euro, para que cada nación pueda utilizar el instrumento de la política monetaria para afrontar sus problemas.

Como probablemente esto no sucederá, predigo que el euro será destruido por una crisis descontrolada, quizá cuando las divergencias entre las tasas de interés de las distintas naciones se vuelvan insostenibles. Es posible que estemos en los albores de un proceso de desintegración parecido al de la URSS: recordemos que el fin del Imperio soviético fue decidido por la propia Rusia; quizá, por tanto, la zona euro acabe siendo enterrada por su potencia dominante: Alemania.

Mientras tanto, el euro habrá completado su misión de destrucción de la economía francesa. Me divierte calcular la diferencia entre el coste de esta moneda única para mi país y los daños provocados por los destrozos del 17 de octubre. ¡Hay que reconocer que el euro gana por goleada!

¿El futuro es, por tanto, la desintegración, según usted?

Lo que yo llamo el mundo “posdesarrollado”, es decir, Europa y Estados Unidos, se resquebraja efectivamente por todas partes. Lo llamativo de nuestra época es que ninguna crisis parece evolucionar independientemente de las demás. Observemos la situación europea, donde la guerra con Rusia está desatada.

Aunque la guerra en Ucrania no sea por sí sola el origen de la crisis del coste de la vida, es evidente que ha alimentado la desintegración del continente al perturbar sus cadenas de suministro energético.

Guerra en Ucrania.
Guerra en Ucrania.

Sobre todo, hemos podido constatar la incompetencia de las élites europeas ante esta situación. Las sanciones contra Rusia han contribuido a debilitar sus propias economías, mientras que los ingresos de las clases populares de los países más frágiles, en particular Francia, han sido literalmente aplastados.

Y todo ello por una guerra que estas élites han sido incapaces de ganar, en particular por falta de una base industrial suficiente para su producción de armamento, después de décadas de deslocalizaciones hacia Asia.

El conflicto en Ucrania ha acelerado finalmente la implosión de la sociedad francesa, cuyas ondas de choque golpean ahora a todo el Viejo Continente. Las revueltas en Italia, España y Bélgica forman efectivamente parte de esta desintegración general.

En este contexto de revuelta, las crecientes divergencias entre Francia y Alemania, cuyos tipos de interés se separan peligrosamente, también dan testimonio de las tensiones que atraviesan Europa en su núcleo. Todo esto ocurre en un contexto preocupante, marcado por el envejecimiento extremo de la población y la llegada a la madurez de ese «estado cero de la religión» al que me refería antes.

Veo a Occidente un poco como un barco fantasma que vaga por la historia. Ahora se asoma la hora del fin del ciclo histórico de dominación occidental y del desplazamiento del centro de gravedad del mundo.

¿Es usted, por tanto, radicalmente pesimista?

En el caso de Francia, sorprendentemente, no. Cuando el sistema haya estallado —y este desenlace me parece seguro—, les sorprenderá descubrir que, en realidad, los franceses aman a su país y no intentarán destruirlo cayendo en pasiones racistas. Tampoco creo que Italia y España vayan a tomar el camino de la autodestrucción. Recientemente me he interesado por la divergencia entre las sociedades posprotestantes, en particular Estados Unidos e Inglaterra, y las sociedades poscatólicas, principalmente los países latinos. Si las primeras me parecen comprometidas en una trayectoria nihilista mucho más peligrosa, no encuentro ese mismo grado en las segundas.

La razón es sencilla: el protestantismo era una teología que solo se interesaba por la relación del creyente con Dios y no por la belleza del mundo. Cuando esta creencia religiosa se disuelve, del protestantismo no queda más que una relación conflictiva con un mundo percibido como malo, incluso podrido. De ahí surgen las graves desviaciones de las que somos testigos actualmente: la financiarización, Trump, pero sobre todo una necesidad muy inquietante de violencia que se manifiesta en un apetito por la guerra. Por eso hablo de una fase “-1” en lo que respecta al protestantismo.

En el marco de lo que llamo el “catolicismo cero”, este nihilismo queda atemperado por el hecho de que la fe católica aceptaba un interés por la belleza del mundo que permanece en las mentes incluso cuando desaparece la creencia en Dios. Inconscientemente, por mucha rabia que puedas sentir, no puedes ser francés, italiano o español —tres pueblos cuyas naciones concentran gran parte de las maravillas de este mundo— y desear la destrucción de tu propio país, del que cada uno de vosotros es consciente de que es el más hermoso del mundo.

Fuente: El Salto

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