
Entrevista de Sebastiaan Faber
Profesor de Estudios Hispánicos en Oberlin College, Ohio.

El historiador Mark Bray (Nueva York, 1982) nunca se ha considerado un exiliado. Sí, tuvo que salir de Estados Unidos precipitadamente hace un año, acompañado de su pareja e hijos pequeños, después de que Turning Point USA, la organización del recién asesinado Charlie Kirk, le enviara amenazas de muerte y divulgara la dirección de su casa.

Y sí, su primer intento de subir a un avión rumbo a Madrid fracasó porque algún poder federal norteamericano canceló la reserva en el último momento. La familia logró salir al día siguiente, aunque no sin antes ser sometida a un interrogatorio poco amable por representantes del Departamento de Seguridad Nacional. Al final, Bray y los suyos pasaron unos nueve meses en España. “Pero ¿exiliado? No me va la etiqueta, aunque solo fuera porque hay mucha gente que lo pasa muchísimo peor”, dice Bray, ya desde Estados Unidos. “A lo más, he sido un exiliadillo”. Ríe.
En 2017, Bray publicó Antifa. El manual antifascista (Capitán Swing), un volumen basado en entrevistas con activistas históricos del mundo entero.

En 2023, sacó un libro que explica cómo los intentos por sofocar el anarquismo en Francia y España precipitaron el desarrollo del derecho internacional y del movimiento global en defensa de los derechos humanos. Este enero, saldrá con la editorial Melville House Unpunctuated Death Threats: Notes from a Fascist Present (“Amenazas de muerte sin puntuar. Notas desde un presente fascista”), un relato en clave personal sobre sus experiencias del último año. Se publicará simultáneamente en catalán (Ara Llibres) y en castellano (Now Books).
Bray me atiende por videoconferencia a principios de septiembre, desde un lugar que prefiere no concretar. “Tuvimos que vender la casa”, dice. “Y a estas alturas, es mejor que no se sepa dónde vivo”.
Ha regresado a Estados Unidos, pero su vida claramente no es la misma.
El año pasado no fue la primera vez que me amenazaron de muerte. Ocurrió lo mismo cuando se publicó Antifa, hace casi diez años. Aún trabajaba en la Universidad de Dartmouth, cuyo rector en aquel momento me criticó por decir en público que la autodefensa puede ser una respuesta legítima ante la violencia supremacista o neonazi. Todo aquello fue una controversia que pensé haber dejado atrás. Pasé a otros proyectos; tuve hijos. Asumí que mi vida ya era como la de cualquier otro padre suburbano. Lo que aprendí el año pasado es que no es así. Esa controversia de 2017 nunca va a desaparecer del todo. Es algo que puede rebrotar en cualquier momento. Lo quiera o no, es parte de mi vida. Tiene que ser un factor en todas las decisiones que tome. Entonces, para contestar a tu pregunta: hemos regresado, sí. Pero vivimos con muchas precauciones nuevas. Y aunque he vuelto a las aulas, no paso más tiempo en el campus del absolutamente necesario.
En el mundo universitario de este país, lo que vivió se ha leído como aviso para navegantes. Ya somos muchos quienes aparecemos en las listas negras de la ultraderecha. ¿Usted mismo ve su experiencia como sintomática?
En el último año he hablado con muchos colegas –que imparten clases sobre temas de género, de política o del clima– que han recibido amenazas similares, aunque no todos quieren hacerlas públicas. También muchos periodistas, por cierto. En ese sentido, no creo que lo que me pasó sea excepcional. Ya es parte del mundo en que vivimos. Por otro lado, sí es verdad que, en mi caso, se juntaron un par de factores muy concretos. Primero, que el otoño pasado, Trump y la ultraderecha pusieran la diana específicamente en Antifa, término que –daba la casualidad– aparecía literal en el título de un libro mío. Quiero decir que, si se hubiera titulado La historia del antifascismo o algo así, no se habría armado la que se armó. Segundo, yo nunca quise publicitar mi salida del país. Pero cuando avisé a mis alumnos de que me iba a Europa, uno lo colgó en Reddit y se enteraron los influencers de la ultraderecha. Así que la noticia explotó sin que yo quisiese. Si no se hubiera filtrado, nadie se habría enterado.
Mientras tanto, en España –que tiene su propia memoria de destierros políticos–, la noticia de su llegada como “exiliado” del trumpismo suscitó mucha curiosidad.
Me di cuenta, sí.
¿Qué le pareció el marco desde el que los medios españoles enfocaron su caso?
Como decía, yo nunca he aceptado la etiqueta de exiliado. No creo que mi experiencia sea comparable a la de los exiliados del Chile de Pinochet, por poner un ejemplo. No digo que lo nuestro fuera fácil –para mis hijos, que aún son pequeños, el cambio fue bastante brusco–, pero no perdí mi trabajo porque mi universidad me dio permiso para dar mis clases en línea. Además, dispongo de un pasaporte europeo por ser de ascendencia irlandesa, lo que no deja de ser un privilegio.
Aun así, al final decidió contar su propia historia. Me refiero al libro que publica en enero.
No fue una decisión fácil, porque parte de mí hubiera preferido pasar página y desaparecer de los focos. La verdad es que estaba bastante harto de contar mi historia en una entrevista tras otra. Lo que hago en el nuevo libro en realidad es algo diferente. Me enfoco solo en los momentos clave y, dentro de ellos, en los aspectos más personales de mi experiencia. Esas partes las alterno con ensayos sobre historia y el momento político que estamos viviendo. También –por sugerencia de mi pareja– reflexiono sobre lo que significa ser judío en un momento marcado por el resurgimiento del antisemitismo y el genocidio en Gaza. Estoy cada vez más convencido de que el antisemitismo –tanto el supuesto como el real– explica mucho de lo que está pasando en política estos días. Quise que el libro fuera, no sé si más honesto, pero sí menos identificado con el papel de investigador-bajo-ataque con el cual salía en los medios. Lo escribí menos como académico que como padre, como pareja y como nieto de unos abuelos que emigraron a Estados Unidos desde Europa del Este en torno al fin de siglo.
Cuando conversamos hace un año, hablamos de la tensión entre la persona del activista y la del investigador, y la necesidad de distinguir entre ellas –también porque quienes le amenazaron de muerte insistieron, precisamente, en difuminar esa distinción para poder pintarle como profesor “peligroso”, subversivo, adoctrinador, etcétera–. Con este libro, parece introducir una tercera dimensión más humana: padre, pareja, nieto. ¿Es una veta nueva que descubre como escritor?
No tanto. La verdad es que de niño ya me atraía la creación literaria. De hecho, en algún momento consideré hacer una maestría en poesía. Al final hice un doctorado en Historia, y no me arrepiento de ello. Pero lo que hago en este libro no es nuevo. Más bien, es un redescubrimiento de una veta antigua. Hablando con otras personas que han pasado por momentos difíciles, parece que no soy el único que acaba regresando a facetas personales que llevaba medio olvidadas. El mío no es un libro de ficción –aunque incluye un poema–, pero sí he intentado, por ejemplo, ordenar los capítulos de forma más intuitiva que rígidamente intelectual. Como si fuera una lista de temas musicales para un concierto.
¿Le costó escribirlo?
Mira, me pasó una cosa curiosa. En cierto sentido, la escritura de este libro me hizo revivir la de Antifa, hace más de diez años. Aquel libro lo escribí bajo bastante presión, deprisa, pero además con muchísimo miedo. Temía hacerlo todo mal. Tan mal que todos acabarían odiándome, no solo la derecha, sino también la izquierda y todos los de en medio. Al final, la cosa salió bien: el libro fue odiado por los que debían odiarlo, y lo apreciaron, en gran medida, los que yo esperaba que lo apreciaran. Pero un miedo similar me ha rondado en la redacción de este nuevo libro.
Ya que hemos entrado en lo autobiográfico, una pregunta indiscreta. ¿Cómo se hizo anarquista? ¿Nació en lo que en Estados Unidos llamamos un red nest, un nido rojo?
Para nada. Mis padres eran de centroizquierda, pero nada activistas. Me crié en un pueblo de clase media, de población predominantemente blanca. En la secundaria me sentí bastante alienado de mis compañeros –pijos, vestidos con ropa de moda, ya sabes–. Descubrí el punk, la música de Tom Morello y Rage Against the Machine, y empecé a participar en las grandes manifestaciones contra la Organización Mundial del Comercio. En la universidad estudié Filosofía, hasta que descubrí que lo que de verdad me interesaba era la historia de la izquierda radical. Pero no me identifiqué como anarquista hasta que tomé una clase sobre la Guerra Civil española. Pensé: “Esto es lo mío”.
Hoy, en las universidades de Estados Unidos, la política ha vuelto a verse como problema moral y de seguridad nacional. Recuerda mucho a los años 50. El nuevo macartismo vuelve a quejarse de “profesores que adoctrinan a nuestros hijos con ideas antiamericanas”. Al mismo tiempo, tenemos a colegas prominentes dizque “liberales” que, desde la misma universidad, denuncian la “politización” de disciplinas enteras y exigen un regreso a posiciones “neutrales”. Entre las amenazas y la precariedad laboral, muchos nos vemos tácticamente obligados a demostrar que nuestro perfil político no afecta al rigor de nuestro trabajo como profesores e investigadores. En esta situación, ¿cómo evitamos entrar al juego de la derecha?
Concuerdo con tu diagnóstico. Es verdad que hay un juego y no tenemos otra que jugarlo. Aun así, me parece que hay que negarse a aceptar lo neutral como algo posible o deseable. En el aula, yo comparto con mis alumnos cuál es mi perspectiva política –que, por otra parte, no es ningún secreto porque sale en mis publicaciones–. Y les advierto que, al escucharme, se cuiden de tomar en cuenta esa perspectiva mía. Les digo expresamente que me da igual cuáles sean sus opiniones políticas. Vamos, que mientras no digan que Hitler tenía razón, no tendremos problema. Por mi parte, no intento convencerles de nada que no sea hacer las lecturas y participar en clase. En una gran universidad pública como es la de Rutgers, ¡bastante tengo con que cumplan con esas dos cosas! Para mí, todo esto es parte del juego que hay que jugar. ¿Organizaría yo las estructuras sociales y económicas de forma diferente si pudiera? Claro. Pero también soy lo bastante realista para saber que mi trabajo consiste en conseguir que mis alumnos piensen, lean y escriban.
En otras palabras, el trabajo es, ante todo eso: un curro.
Así lo tiendo a ver ahora. Tengo colegas progresistas –entre ellos, amigos– que están convencidos de que podemos cambiar el mundo mediante la enseñanza. Ven su labor didáctica como su forma de militar.
¿Usted no?
Depende del momento. Pero las más de las veces me digo que vivimos en una sociedad capitalista, en la que me pagan por hacer un trabajo en una universidad, también capitalista, que limita de forma poderosa los horizontes de transformación social. En lugar de pensar en la enseñanza como forma de militancia, por tanto, creo que tiene más sentido organizarnos como trabajadores para cambiar las estructuras de nuestro entorno social y laboral.
Y no sobreestimar el poder transformador de las ideas.
Claro. Si la extrema izquierda y la extrema derecha coinciden en algo, es en su creencia compartida en el poder transformador de los libros. Es un optimismo radical que comparto hasta cierto punto. Pero también creo que ese potencial transformador está siendo limitado, de modo intenso y constante, por las estructuras de la universidad capitalista. Por eso es tan cómico que me acusen a mí de adoctrinador. Por más que quisiera, yo no podría convencer a mis alumnos de adoptar, de un día para otro, ideas drásticamente diferentes de las que tienen. Mira: yo soy un padre, un intelectual y un activista. Pero lo que soy más es una persona hastiada y agotada, con ganas de terminar mi trabajo e irme a casa.
Fuente: Ctxt

Deja una respuesta