
Escritor y filósofo italiano. Activista de la izquierda.
¿Y si el neo-humano ha perdido la capacidad de percibir el efecto físico de una acción que no tiene lugar en la pantalla, sino en la cocina y en el dormitorio, en una escuela o en cualquier otro lugar?

El 19 de septiembre, en el instituto Giovanni Verga de Centocelle, un chico de trece años va al baño, se mete dos cuchillos en los calzoncillos, se viste de asesino, se pone dos guantes de boxeo e instala una cámara para filmar la escena que está a punto de desarrollarse. Luego vuelve a clase, se acerca a la profesora, que está dando su lección, saca un cuchillo y la apuñala tres veces en un costado.
Afortunadamente, el joven aspirante a héroe es incompetente en la disciplina del apuñalamiento y la profesora, una mujer de sesenta y seis años (en un mundo menos incivilizado ya estaría jubilada), sale del trance con un ingreso hospitalario. La noche anterior a la acción, el chico había anunciado sus intenciones en Telegram.
El 13 de abril de 2025, comentando la serie de Netflix Adolescence, dirigida por Philip Barantini, en un artículo titulado “Adolescence: el fracaso de la mirada adulta”, Amador Fernández-Savater había captado quizá el núcleo más profundo de la cuestión: la ilegibilidad del comportamiento de la generación emergente por parte de las figuras familiares, institucionales y, en general, por parte de la razón de la que los adultos se consideran depositarios.

“Saturación, piloto automático, huida hacia delante. Al faltar la capacidad de ralentizarse con el tiempo y de pensar, privada de espacios comunes en los que conversar y elaborar, la escuela se limita a gestionar y contener el caos. Pero no entiende nada. La adolescencia se ha vuelto completamente ilegible”.
Aplastada por la aceleración tecnológica, la escuela ha perdido toda autoridad, toda posibilidad de gobernar el proceso de aprendizaje y toda posibilidad de influir en el comportamiento de los estudiantes (degradados a usuarios en el lenguaje de la época neoliberal).
La agresión de Centocelle sugiere una reflexión en muchos planos: la voluntad de atraer la atención, la emulación, la violencia como factor identitario, el heroísmo idiota que se extiende en la cultura fascistoide. Pero ninguno de estos planos es por sí mismo suficiente para explicar lo sucedido.
Escribía todavía Amador Fernández-Savater:
“La falta de comprensión es radical. Episodio tras episodio, la miniserie de Netflix nos muestra el fracaso de las instituciones adultas a la hora de escuchar, comprender y, por tanto, cuidar. No saben, no pueden, no quieren. Solo pretenden controlar aquello que se ha vuelto incomprensible para ellas. Como no lo entienden, lo temen. Como lo temen, lo reprimen. Pero de este modo no hacen sino agravar el caos”.
La ilegibilidad no se refiere a los contenidos del flujo mediático ni a los contenidos ideológicos de los que se alimenta el adolescente, sino a algo más profundo: las modalidades de elaboración, el tiempo de atención disponible, las estructuras cognitivas: percepción, atención, imaginación… La mente se vuelve incapaz de prestar atención a cualquier cosa porque ya hay otra cosa que se presenta urgentemente para reclamar atención.
El desastre educativo del que hablan las recientes evaluaciones PISA depende de esto: dentro de las condiciones técnicas de la comunicación electrónica ya no puede funcionar ningún protocolo de aprendizaje heredado de la época de la transmisión alfabética, lenta y secuencial, en la que tenían vigencia reglas de juicio ético que ya no significan nada.

La sensibilidad ante la existencia del otro se reduce, se embota, hasta hacer realidad el deseo de Elon Musk, según el cual la empatía es una desventaja evolutiva.
“Jamie resiste con palabras evasivas y gestos iracundos a las preguntas tramposas, al jueguecito de la empatía, a la traducción forzada de todo lo que dice. Se resiste a ser explicado”. (Ibíd.)
En septiembre de 2024, en Paderno Dugnano, un chico de diecisiete años, al que todo el mundo describía como un chico normal, mató primero a su hermano y después a su madre y a su padre, en rápida sucesión, con un cuchillo de cocina.
No ofreció ninguna explicación sobre sus motivos.
El chico dijo que lo había hecho sin pensar en lo que estaba haciendo: se había encontrado en medio de una acción que no correspondía a ninguna elaboración mental previa.
Si se busca una explicación para acontecimientos de este tipo, la psicología no nos dice mucho. Son chicos normales, incluso demasiado normales, si es que esta expresión significa algo (no significa nada, lo sé, pero todo el mundo repite esta frase). Cada vez asistimos con mayor frecuencia a actos que no pueden explicarse mediante las categorías de las que disponen la psicología, el psicoanálisis o la psiquiatría, disciplinas que se ocupan del comportamiento psíquico.
Creo que la razón consiste en que las categorías con las que describimos el funcionamiento de la mente humana ya no se corresponden con la realidad de una mente formada en un entorno técnicamente transformado.
Las modalidades cognitivas (percepción, verbalización, ideación, ejecución) han sufrido una mutación, y es esta mutación la que hay que analizar.
La psicología en general, y en particular el psicoanálisis, presuponen un marco cognitivo en el que la ideación precede al acto y, de algún modo, lo motiva. Por eso, para explicar un comportamiento, estamos acostumbrados a interpretar las motivaciones conscientes e inconscientes, los razonamientos y las emociones.
Pero esta explicación ya no funciona: el acto ya no está necesariamente precedido por una ideación lógicamente comprensible o psicológicamente motivada. Probablemente los conceptos de ideación y motivación ya no correspondan a nada.
El modelo cognitivo que interactuaba con un entorno tecno-semiótico de tipo secuencial ha sido sustituido en las últimas generaciones por un entorno tecno-semiótico instantáneo, simultáneo.
En el entorno comunicativo alfabético, en el ámbito de la familia tradicional o de la vida socializada en la ciudad, el niño aprendía el lenguaje de la voz de la madre o, en cualquier caso, de un hablante humano. En consecuencia, la disposición cognitiva se manifestaba mediante una sucesión de estímulo y respuesta, de ideación y ejecución. Pero cuando lo secuencial alfabético es sustituido por lo simultáneo electrónico, la velocidad del estímulo info-neuronal recorta los tiempos para la elaboración ideativa del acto. En un videojuego no hay tiempo para pensar, sino solo para reaccionar instantáneamente al estímulo.
Además, cuando el aprendizaje materno del lenguaje es sustituido por un aprendizaje homologado por un dispositivo tecno-lingüístico desrealizante, el lenguaje deja de tener el carácter de singularidad afectiva, y el acto tiende a perder conciencia de sus consecuencias físicas. En un videojuego, los hombrecillos verdes que eliminas pulsando un botón son una entidad incorpórea, nunca mueren o, si mueren, es solo por un instante: después se levantan y vuelven a agitarse en la pantalla.
Esta doble reconfiguración de la relación entre ideación y ejecución (instantaneidad, descorporeización) ha modificado de manera tan radical el funcionamiento cognitivo que los comportamientos de nuestros semejantes (semejantes solo hasta cierto punto) tienden a parecernos cada vez más inexplicables.
La mutación cognitiva ha terminado por estructurar la mente de una manera incompatible con los modelos de los que dispone la ciencia psicológica.
Puesto que ha adquirido más palabras de una máquina que de la voz de un ser humano, y puesto que ha adquirido sus competencias cognitivas en un entorno en el que la acción carece de consecuencias, podemos plantear la hipótesis de que el neo-humano ha perdido la capacidad de percibir profundamente el efecto físico de una acción que no tiene lugar en la pantalla, sino en la cocina y en el dormitorio, en una escuela o en cualquier otro lugar.
Se trata, por tanto, de pensar esta fenomenología del acto psicológicamente inexplicable como un nuevo campo del comportamiento que no puede interpretarse con las categorías de las que disponemos.
El tiempo necesario para la elaboración mental ha desaparecido, y la ejecución del acto queda aplastada sobre el instante. Al mismo tiempo, desaparece la profundidad que hace perceptible el efecto físico y emocional de un acto instantáneo que la mente registra como virtual.
Cuando se habla de hibridación hombre-máquina, hay que considerar dos procesos que se están desarrollando simultáneamente: el primero es el de la construcción de homínidos electrónicos, androides capaces de simular parcial o totalmente el comportamiento del homo sapiens. El segundo es el de la creciente adaptación cognitiva de individuos generados por la estirpe del homo sapiens al funcionamiento del autómata, conectivo y, por tanto, anafectivo.
Fuente: Ctxt

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